Es inevitable que a veces nos comparemos con otros ilustradores y compañeros, y es algo normal, sobre todo cuando estamos empezando. Nos comparamos con nuestros referentes y con la gente a la que admiramos. Queremos llegar lejos como ellos, publicar, tener una carrera exitosa… Está muy bien tener metas y objetivos, nos sirven de guía y nos ayudan a crecer.

Si te comparas desde la admiración te puede animar a mejorar en tu trabajo y a superarte, y eso siempre es algo positivo. El problema viene cuando te comparas a malas, es decir, empiezas a pensar que su trabajo es mejor que el tuyo y crees que no vales para esto y que no llegarás a nada. Es entonces cuando empiezas a hundirte en ese tipo de pensamientos. Comienzas a darle vueltas a lo mismo y a hacer una bola cada vez más grande. La consecuencia: te estancas, no evolucionas, te crea inseguridad. Y, en mi caso, lo arrastré durante muchos años.

¿Cómo dejé de lado ese tipo de pensamientos?

Supongo que tendrá que ver el paso de los años, pero llegó un punto en el que comencé a darme cuenta del malestar que me generaba y de que necesitaba cambiar el chip. Me centré en mis carencias y en aspectos que podía mejorar y los trabajé. Siendo consiente de eso, fue como quitarme en poco tiempo un gran peso de encima. Y además al no tener esa presión en mi cabeza, comencé a evolucionar y a estar más contenta con el trabajo que hacía.

Si nos comparamos con los demás, acabamos por perder el foco y somos incapaces de centrarnos en nuestro trabajo y objetivos.  Da igual si esos a quienes admiráis publican más, o trabajan para grandes clientes, o tiene más seguidores o likes (de esto hablaré otro día que es un tema que tiene chicha). Cada uno tenemos una evolución y un ritmo distintos y nos tenemos que centrar en seguir trabajando y mejorando. Y, por supuesto, admirando a compañeros desde un punto de vista positivo.

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